Durante los 15 años que pasaron entre un
escopetazo que arrancó la mitad inferior de su rostro y el trasplante de cara
que terminó con su vida de ermitaño, Richard Norris enfrentó la crueldad de
extraños, combatió la drogadicción y consideró el suicidio.
Pero aun si
pudiera regresar el tiempo, el residente de una zona rural del sudoeste de
Virginia no está seguro de que borraría el accidente que lo dejó seriamente
desfigurado.
Durante los 15 años que pasaron entre un
escopetazo que arrancó la mitad inferior de su rostro y el trasplante de cara
que terminó con su vida de ermitaño, Richard Norris enfrentó la crueldad de
extraños, combatió la drogadicción y consideró el suicidio. Pero
aun si pudiera regresar el tiempo, el residente de una zona rural del sudoeste
de Virginia no está seguro de que borraría el accidente que lo dejó seriamente
desfigurado.
“Escuché todo tipo de comentarios”,
indicó. “Algunos de ellos fueron verdaderamente horribles”. Tras el accidente
de 1997 en su casa, Norris no tenía dientes ni nariz y sólo parte de la lengua.
Tenía gusto pero no olfato. Cuando salía a la calle, generalmente de noche, se
ocultaba detrás de un sombrero y una máscara. Norris fue sometido a decenas
de operaciones para repararle el rostro hasta llegar a un límite sobre lo que
la cirugía convencional podía hacer por él, dijo el médico Eduardo Rodríguez,
que realizó algunas de esas operaciones y encabezó luego el equipo en el
trasplante de rostro.

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