Me cansé de
amores cocinados en olla express.
De saciar
mis ganas de amar escribiendo cuentos cortos de cariños y afectos, de pasiones
prestadas. Como esos libros de bolsillo, que se leen en un santiamén y te dejan
el regusto amargo de una historia que parece inacabada.
Me harté de
escuchar al corazón en los asuntos del querer. Porque no conozco mayor traidor
que el que te arrastra a entregarte y después de caer al vacío te susurra al
oído sonriendo “te lo avisé”. Y éste es un maestro en eso.
Me aburrí de
abrazos acelerados, de caricias precipitadas, de besos avasallados, de miradas
fugaces, del “te quiero” ausente, del querer y no poder, del poder y no querer.
Me convencí
de dejar de frecuentar la estación en ruinas de mi soledad, que sólo visito
para observar impávido como pasan los trenes, uno tras otro, sin que haya nadie
que se decida a bajarse de uno de ellos con la intención de quedarse.
Me hastié de
tener que pedir tiempo. Tiempo para ver pasar el tiempo. Para macerar lo que
siento. Para confiar en mis emociones, que son en las que menos confío. Para
convencerme de una vez por todas de que el amor verdadero existe y permanece
virgen en lo más profundo de mis ilusiones.
Me agotó el
caminar sobre las arenas movedizas del amor tambaleante, fijado sobre una
tarima de hojas de papel. Del amor diseñado en sueños de grandeza, pero que
siempre se queda en un boceto inacabado guardado en el cajón de mis errores.
Es más,
quiero un amor sin reloj, sin ansia, sin el tiempo dibujado en su esencia. Un
amor que saboree el momento, que deguste el instante, que disfrute de mis
virtudes y sepa vivirme con mis defectos.
Quiero un
amor que me oxigene, y no que me deje exhausto por las prisas del querer vivir
atropellado. Un amor de carrera de fondo, de maratón, y no de esos que solo se
preocupan de llegar al sprint.
Quiero un
amor que me visite y se quede, que se convierta en okupa de mis deseos y mis
anhelos. Un amor que me grite angustiado “si tú te vas…”, como en una canción
de Juan Luis Guerra.
Quiero un
amor que no muera en el intento, marcado a fuego en mi piel, con billete de ida
y no de vuelta. Un amor íntegro, insobornable, de caducidad infinita, porque me
niego a creer que los amores eternos son los más breves.
Quiero un
amor sin planes, sin miradas al frente, sin un mañana que atente contra la
dicha de este hoy. Un amor de sonrisa amplia, de cálida mirada, de confianza
rebuscada, que se adhiera con solidez a las paredes de mis entrañas.
Quiero un
amor sosegado, paciente, que navegue en mareas en calma, sin oleajes, sin
vaivenes. Un amor que se pare de vez en cuando, tome aire y siga andando como
en un paseo de domingo soleado.
Quiero un
amor que se guise a fuego lento, con sentido, con sustancia, con cariño. Como
deben cocinarse los ingredientes que alimentan el alma. Un amor contundente,
con aroma y sabor intensos a felicidad.
Me cansé de
cocinar amores en olla express. Y no sé si me cansé de amar.
Jimi R. Mora

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