jueves, 13 de abril de 2017

Leer para creer

Comunicación sanitaria
Por Jose Luis Taveras
Cierta “comunicación” de opinión de nuestra televisión se parece a los bazares de cualquier ciudad marroquí. Gente estrafalaria encajonada en una escenografía patética improvisa a diario lo que asoma a su desolada mente.


Las frecuencias UHF de televisión están pobladas de esos tarantines, con ofertas que no varían mucho en su formato: un carajo impecablemente feo, acompañado de uno o dos mentecatos, repite, a su libérrima manera, la información contenida en los diarios y evacúa, con pujos impúdicos, los resentimientos más tóxicos de sus frustraciones.
Cuando no hay deseo para “analizar la actualidad" entonces abren las líneas al público para que el televidente trague todas las sandeces, borricadas y desahogos de las calles, entonces su letrina se convierte en baño público.
Algo común en esas “producciones” es que en su mayoría son sustentadas por publicidad gubernamental, lo que hace más surrealista el suplicio. De pronto te das cuenta que el espacio es pura fachada.
Pero no todo es mediocre. En medio de ese arrabal aparecen episódicamente programas boutiques: verdaderas ofertas de lujo que dirigen los grandes del negocio de la opinión. Esos que valen, pesan y se respetan. Sus comentarios son cátedras y sus juicios sentencias. Son los magnates o padrinos del periodismo elite, de kilates; los que no se molestan por minucias y con los que hay que sentarse a negociar paquetes publicitarios, contratas, comisiones y cargos diplomáticos.
Son petulantes y soberbios. Se les ve en las giras presidenciales, en hoteles de cinco estrellas, en finos restaurantes dando lecciones enólogas o levantando copas espumantes. Son los dueños de las estrategias que soportan las grandes tramas políticas. Esos tutean a los respetables y los mandan a la mierda cuando quieren, concientes de que pueden pasar de la noche a la mañana de una parcela a otra sin un nimio gesto de sonrojo.

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